Diecinueve años continuos de Daniel Ortega en el poder dejan a una Nicaragua sin libertades y en éxodo

A 19 años del retorno de Daniel Ortega a la Presidencia de Nicaragua, el balance que hacen dos de sus críticos más visibles —el economista y exdiputado Enrique Sáenz y el exembajador del régimen ante la Organización de Estados Americanos (OEA) Arturo McFields— coincide en un diagnóstico contundente: el país ha sido devastado en lo político, lo social, lo económico y lo moral.
Desde sus respectivas trayectorias, ambos sostienen que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo consolidó una dictadura dinástica que anuló las libertades, empobreció a la población y aisló a Nicaragua del mundo.
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Sáenz afirma que la dictadura no solo abandonó cualquier promesa democrática, sino que “aniquiló el proceso de transición democrática” y sustituyó el pluralismo político por un sistema totalitario.
En su análisis, el sandinismo en esta etapa dejó de ser un movimiento político para convertirse en un aparato de control absoluto del Estado. «Impuso una dictadura totalitaria y ahora pretende imponer una dinastía», denuncia el economista.
El fracaso social y el éxodo
Uno de los impactos más visibles de estos 19 años ha sido la migración masiva. Sáenz subraya que «más del 12% de la población emigró en los últimos años», empujada por la falta de empleo, oportunidades y bienestar.
El régimen, lejos de generar condiciones para retener a su población joven y productiva, estimuló un éxodo que hoy sostiene la economía a través de las remesas.

En el plano laboral, el economista describe un retroceso sostenido. Según sus datos, «los salarios reales hoy son 14% menores a los que se devengaban en 2006», mientras cerca del 80% de la población económicamente activa sobrevive en la informalidad.
El Estado, afirma Sáenz, apostó deliberadamente por el abaratamiento de la mano de obra como eje de su modelo económico.
Economía sostenida por remesas
Sáenz insiste en que el régimen fracasó en transformar la estructura productiva del país. «De no ser por las remesas la economía ya habría colapsado», sostiene, al tiempo que acusa a la administración sandinista de promover un modelo “depredador de recursos naturales” incapaz de generar productividad y empleo digno.
Para el exdiputado, no existe una sola reforma estructural que haya producido progreso real.
El quiebre de las libertades públicas
Desde el ámbito político, Arturo McFields aporta el testimonio de quien formó parte del aparato estatal y decidió romper públicamente con él.
El exembajador recuerda que estos 19 años se caracterizan por «exilio, desapariciones forzadas, asesinato y crímenes contra la Iglesia». A su juicio, el régimen convirtió la represión en política de Estado para sostenerse en el poder.
McFields, desnacionalizado por la dictadura al igual que Sáenz, sostiene que la dictadura anuló toda forma de disenso. Partidos políticos fueron ilegalizados, medios cerrados y organizaciones civiles canceladas.

El exdiplomático denuncia que el régimen persiguió sistemáticamente a opositores reales o percibidos, forzando a miles al exilio y sembrando el miedo como mecanismo de control social.
Ambos críticos coinciden en que Nicaragua atraviesa uno de sus peores momentos en el escenario internacional. Sáenz define al país como «uno de los regímenes más aislados y desacreditados del mundo», mientras McFields recuerda que la comunidad internacional ha documentado violaciones sistemáticas a los derechos humanos, lo que profundizó sanciones y rompimientos diplomáticos.
En su balance, Sáenz habla sin ambigüedades de un «Estado mafioso» ubicado entre los más corruptos a nivel mundial. Según su análisis, la concentración de poder permitió el saqueo institucionalizado y la captura de los recursos públicos por un pequeño círculo familiar y político, sin mecanismos de rendición de cuentas.
El deterioro también alcanza sectores clave como la educación y la seguridad social. Sáenz advierte que el país registra “los peores rendimientos educativos a nivel latinoamericano”, según evaluaciones de la UNESCO, mientras el sistema de pensiones se vuelve insostenible. La población envejece sin que el Estado aproveche el bono demográfico ni planifique el futuro.
Pese al panorama desolador, McFields introduce una nota de esperanza. «Todas las dictaduras tienen fecha de caducidad», afirma, convencido de que la libertad volverá a Nicaragua. Para el exembajador, la resistencia cívica y la memoria de los agravios acumulados durante estos 19 años mantienen viva la aspiración democrática.

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