
Nueva generación militar asume el relevo en el Ejército de Nicaragua, la «moneda al aire» de Rosario Murillo
La alta oficialidad leal a ciegas a Daniel Ortega, integrada por exguerrilleros de los años 70 y jefes durante la guerra de los 80, se le está agotando al dictador nicaragüense debido a los retiros por vejez. En su lugar, una nueva generación de cuadros académicos, que no participó en ninguna de las dos contiendas, ha comenzado a asumir altos cargos en la cadena de mando castrense. Este relevo ha despertado expectativa entre analistas especializados, ante lo que podría implicar en términos de continuidad de la subordinación incondicional al régimen o, por el contrario, un giro hacia la profesionalización institucional.
Hace un mes y medio, el comandante en jefe del Ejército, general de ejército Julio César Avilés —el militar de más alta graduación del país y señalado como cómplice directo de Daniel Ortega y Rosario Murillo en la comisión de crímenes de lesa humanidad— juramentó al menos a tres nuevos jefes de comandos regionales. Esto los convierte además en miembros del Consejo Militar, la máxima instancia de consulta y toma de decisiones dentro de la estructura armada.
Los nuevos jefes, que operan como los responsables de las zonas militares, son los hasta ahora tenientes coroneles Ronald Téllez Sosa, nuevo jefe del Destacamento Militar Sur (DMS), a cargo del departamento de Río San Juan; Sergio Amílcar Rodríguez Gutiérrez, al frente del Quinto Comando Militar Regional (CMR), que cubre Boaco, Chontales y Zelaya Central; y Rodolfo González, nuevo jefe del Sexto CMR, que comprende Matagalpa y Jinotega.
Estos oficiales, que deben sus grados y cargos a su formación en academias —y no a una trayectoria guerrillera—, han asumido por primera vez responsabilidades en la cúpula de la alta oficialidad.
Artículo 66 consultó a analistas conocedores de las estructuras internas del Ejército, dada la relevancia de estos cambios, para comprender qué implicaciones tendría este relevo generacional, especialmente respecto al comportamiento futuro del cuerpo armado. El análisis se plantea en un contexto en el que el dictador Ortega eventualmente desaparezca del escenario, Rosario Murillo asuma el poder en solitario y los antiguos cuadros ideologizados —provenientes de la guerrilla sandinista que combatió contra la dictadura somocista y participó en la guerra de los años 80— pasen a retiro por edad. En ese escenario, «inevitablemente» el control de las tropas y especialidades recaería en los nuevos oficiales, quienes se formaron mayoritariamente durante el proceso de transición política de los años 90 y la etapa de profesionalización del Ejército, interrumpida por Ortega tras su regreso al poder en 2007, cuando muchos de estos ya eran capitanes.
Los nuevos jefes de comandos regionales
El pasado 18 de junio, mediante la orden 15-2025, Avilés nombró como nuevo jefe del Quinto Comando Militar Regional al teniente coronel Diplomado en Estado Mayor (DEM) Sergio Amílcar Rodríguez Gutiérrez, quien será ascendido a coronel en septiembre, quedando a un paso de ingresar al selecto grupo de generales.
Rodríguez es un oficial académico. Estudió en Cuba entre 1986 y 1992 dentro del programa especial del Ejército conocido como «Los Carlitos», en la Escuela Vocacional Militar Carlos Fonseca Amador, un proyecto diseñado por especialistas cubanos para formar a largo plazo a jóvenes nicaragüenses con vocación militar desde la adolescencia.
Con el cambio de gobierno sandinista en 1990, la entonces presidenta Violeta Barrios de Chamorro (QEPD) ordenó el regreso al país de los estudiantes militares que se encontraban en el extranjero. Sin embargo, Los Carlitos fueron mantenidos en Cuba dos años más, camuflados como becarios civiles, aunque el Ejército continuó pagándoles un salario en Nicaragua.

Al fundarse la academia militar conocida como Centro Superior de Estudios Militares José Dolores Estrada, Rodríguez y los egresados del programa fueron llamados a integrarse. Solo 14 atendieron ese llamado, junto a 49 jóvenes bachilleres civiles. En total, 63 iniciaron el primer curso de cadetes en Managua. De ellos, solo 39 lograron graduarse, y actualmente apenas unos cinco siguen activos.
Rodríguez se graduó como teniente en 1996 y ascendió tres grados más hasta alcanzar el rango de capitán durante el período democrático del país, cuando el Ejército atravesaba un proceso de «institucionalización, profesionalización y subordinación al poder civil».
Cuando Ortega retornó al poder, Rodríguez ya era capitán, al igual que sus compañeros de promoción. Actualmente cuenta con cursos superiores de mando de tropas, es licenciado en ciencias militares y diplomado en Estado Mayor. Además, posee formación universitaria civil.

Durante el acto de juramentación en su nuevo cargo como jefe del Quinto Comando Militar, en su discurso de aceptación de la nueva misión encomendada por sus superiores, expresó lo que podría marcar una línea de conducta dentro de la nueva oficialidad: «Agradezco a Dios en primer lugar y al comandante en jefe por la confianza depositada en mí para este nuevo cargo. Pueden estar seguros que todos, sin distingos de ninguna clase, tendrán en mi persona a un servidor, un amigo, dispuesto a colaborar, a aportar y ayudar en lo que sea necesario». Y agregó que será «obediente de la Constitución y las leyes de nuestro país».
En esa parte de su intervención no hubo halagos explícitos a Ortega y Murillo. Estará por verse si se trató únicamente de un discurso formal o si reflejó un compromiso genuino con el uniforme. También está abierta la posibilidad que su disposición de «obedecer a la Constitución», la exprese con plena convicción de que ya la sumisión partidaria de todo el aparato militar está plenamente consignada en la nueva Carta Magna escrita al gusto y medida de Daniel Ortega y, sobre todo, de Rosario Murillo y sus pretensiones de convertirse en la sucesora de una dinastía familiar que controla el poder en el país.
Un día después, el 19 de junio, fue juramentado también el teniente coronel DEM Téllez Sosa como jefe del DMS. No pertenece al grupo de Los Carlitos, pero es egresado de la academia José Dolores Estrada, a la que ingresó directamente desde la vida civil tras bachillerarse. También se graduó en 1996, en la primera promoción, al igual que Rodríguez, y será ascendido a coronel en septiembre.

El tercer nuevo jefe regional, también integrado al Consejo Militar, es el teniente coronel Diplomado en Estado Mayor Rodolfo González, el oficial con más formación especializada dentro del Ejército. Es ampliamente respetado por sus compañeros de la primera promoción de cadetes de la Escuela José Dolores Estrada, donde fue líder del grupo, y por las generaciones que lo sucedieron. Fue el primer nicaragüense en aprobar exitosamente el curso de tropas especiales Kaibil en Guatemala, y también recibió entrenamiento en paracaidismo y fuerzas especiales en España, carabineros en Chile y unidades élite en Estados Unidos y otros países. Además, comandó tropas en la misión militar que Nicaragua envió a Irak en 2002.

El prestigio de González como profesional de carrera es tal que entre sus pares se le conoce como «el futuro general de ejército». Actualmente lidera el Sexto Comando Militar Regional y también es egresado del programa Los Carlitos, donde estudiaron Rafael Ortega Murillo, el actual ministro asesor de la Presidencia para asuntos internacionales Iván Lara Palacios, y Bolívar Avilés, hermano menor del general Julio César Avilés.

En el nuevo escalafón de mando figura también Nelson Pérez, otro Carlito, quien fue ascendido a capitán de navío —equivalente a coronel— y designado jefe del Distrito Naval del Pacífico, integrando además el Consejo Militar.
Otro oficial académico en proyección hacia altos cargos es el teniente coronel Aníbal Baltodano, actual secretario general de la universidad militar. Ninguno de estos nuevos cuadros supera los 54 años, mientras que los jefes históricos de la guerra y la guerrilla rebasan los 70.
Relevo generacional en el Ejército es una «moneda al aire» para Murillo
Para el sociólogo, analista político y excatedrático de la Academia Militar de Nicaragua, Óscar René Vargas, el relevo generacional en la alta oficialidad debería significar una oportunidad para cambiar la conducta de la institución armada. Considera que quienes ingresaron a la Academia después de 1992 tienen una visión más técnica de su carrera y la entienden como una profesión en la que aspiran a desarrollarse. Asimismo, cree que están menos ideologizados que los «viejos comandantes» provenientes de la guerrilla.
«Todos los alumnos que conocí y que ingresaron al Ejército eran personas cuyo objetivo era graduarse de oficiales y ascender en grado. La parte ideológica-política no era un tamiz para ingresar. Por lo tanto, tienen una visión del Ejército más profesional. Para ellos, la carrera militar es como cualquier profesión que ingresan a estudiar», sostiene Oscar René Vargas, consultado por Artículo 66.
El sociólogo señala que para esta nueva oficialidad no guerrillera, la fidelidad política no es un eje central. Además, sostiene: «Los militares formados en esa época tienen una sensibilidad social importante, al estudiar como una de sus materias principales las condiciones económicas, sociales y políticas del país». Esa era la clase que Vargas impartía en la academia.
«Creo que la formación de la nueva camada de militares jóvenes tiene una visión de país diferente de los viejos militares que vienen de la guerrilla o de los años ochenta. Para decirlo en otras palabras, existe un cierto divorcio en la visión de país y del papel de los militares en la sociedad», sostiene el analista.
Sin embargo, también advierte que la codictadora Murillo intentará «sonsacar» a algunos de los nuevos cuadros, aunque es incierto si logrará influir decisivamente en su conducta. «El comportamiento futuro de los nuevos cuadros del Ejército es una moneda al aire. Lo que explica que no quieran renovar los altos mandos».
Murillo «formatea» profesionalización de nuevos oficiales
Contrario al optimismo de Vargas, el también analista en temas de defensa Javier Meléndez considera que no habrá cambios en el nivel de ideologización sandinista ni en la obediencia al régimen.
Para Meléndez, estos nombramientos reflejan un «quiebre generacional inevitable» dentro del Ejército sandinista, marcado históricamente por su origen guerrillero y una lógica de mando basada en la legitimidad revolucionaria. Ese patrón, dice, fue preservado incluso durante los gobiernos anteriores a Ortega, cuando los antiguos comandantes transmitieron sus códigos a las generaciones siguientes.
«El origen revolucionario nunca dejó de ser un activo institucional para ellos porque siempre fueron autónomos en la organización y conducción interna del Ejército. Ahí nunca penetró ninguno de los tres gobiernos anteriores», afirma el analista.
Recuerda que quienes fundaron la institución en los años 80 compartían no solo una historia común, sino también una «fidelidad al Frente Sandinista que iba más allá de la jerarquía militar: era ideológica, histórica, emocional».
En ese sentido, sostiene que «el paso de esos mandos (exguerrilleros) al retiro —por razones etarias— abre paso a una generación de esos nuevos jefes que, sin embargo, viene también con todo ese capital simbólico».
Meléndez advierte que, aunque podría esperarse que los nuevos jefes regionales —formados en la academia— adopten criterios más técnicos, doctrinarios y disciplinarios, «no va a ser así. Lo que el régimen privilegia a la hora de promover mandos del Ejército es la fidelidad. Ortega y Murillo no están pensando en una conducción profesionalizada y menos ideologizada».
También sostiene que Rosario Murillo ha demostrado de forma consistente su voluntad de consolidar su poder más allá de la figura de Ortega, con un estilo más vertical, centralizado y simbólicamente cargado.
«Si el retiro de los viejos comandantes guerrilleros representa una oportunidad para reconfigurar las lealtades internas del Ejército, ella podría estar apostando a “formatear” a la nueva generación desde su propia lógica de control».
Por eso, a juicio del analista, la codictadora procurará «capturar» a los nuevos jefes en un entorno donde el control del FSLN es absoluto.
«La lealtad de esos nuevos jefes o nuevos mandos es mucho menos al Ejército y mucho más al FSLN y directamente a ella como figura de poder. Creo que no hay marcha atrás en la estrategia de haber convertido al Ejército en un instrumento personalizado y erosionado de cualquier remanente de institucionalidad», concluyó Meléndez.
Un exoficial del Ejército, graduado en la Academia de Nicaragua y excompañero de estudios de los nuevos jefes, ahora altos mandos castrenses, coincide con Vargas en que el comportamiento de los nuevos integrantes del Consejo Militar sigue siendo una incógnita para los dictadores. Asegura que estos oficiales no toleran imposiciones «agresivas» de parte de civiles y añade: «Ese es el estilo de Murillo: el maltrato, los gritos, la humillación y el avasallamiento a los subordinados, algo que los militares de honor no van a permitir», advirtió el exoficial, que habló con este medio a condición de anonimato, precisamente, por el temor al castigo que les ha impuesto la tiranía sandinista a toda la línea de mando militar que se le insubordina, incluso en sus libertades a opinar.

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