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La muerte de la diputada Gladys Báez, su hijo Camilo desaparecido y los rostros de amargura en el sepelio

Los funerales de la diputada sandinista Gladys Báez en León se han convertido en un evento político más que en una despedida familiar. Un acto cargado de discursos, medallas, honores póstumos y la inevitable apropiación del duelo por parte del régimen Ortega-Murillo. En cada imagen difundida por la maquinaria propagandística oficialista, en cada video donde … Continuar leyendo
Por Álvaro Navarro marzo 12, 2025
La muerte de la diputada Gladys Báez, su hijo Camilo desaparecido y los rostros de amargura en el sepelio
La muerte de la diputada Gladys Báez, su hijo Camilo desaparecido y los rostros de amargura en el sepelio

Los funerales de la diputada sandinista Gladys Báez en León se han convertido en un evento político más que en una despedida familiar. Un acto cargado de discursos, medallas, honores póstumos y la inevitable apropiación del duelo por parte del régimen Ortega-Murillo. En cada imagen difundida por la maquinaria propagandística oficialista, en cada video donde los operadores políticos conducen el sepelio con el fervor de un acto partidario, hay algo que resalta por su ausencia: Camilo Báez no está.

Su desaparición no es solo física. No está en el sepelio de su madre, a pesar de que el FSLN lo ha cubierto todo con su bandera roja y negra. No está en las imágenes que los medios oficialistas han distribuido, ni siquiera en los murmullos de los asistentes. Camilo Báez, uno de los más activos militantes sandinistas en León, propagandista del régimen, defensor de la dictadura hasta la médula y un paramilitar confeso, se ha esfumado del escenario político y digital sin rastro alguno.

La última vez que su nombre sonó con fuerza fue cuando se supo de su encarcelamiento semanas atrás. Desde entonces, el silencio ha sido absoluto. Y ahora, cuando su madre, una figura histórica del Frente Sandinista, ha fallecido y ha sido despedida con todos los honores del régimen, la dictadura ni siquiera ha permitido que su hijo esté presente. La magnitud del castigo debe ser tal que ni por disimular se le concedió la posibilidad de despedir a su madre.

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Atrapado en su propia trampa

El caso de Camilo Báez es un recordatorio brutal de la lógica interna del sandinismo. Se devoran a los suyos con la misma frialdad con la que persiguen a sus enemigos. Báez, el paramilitar leal, el que empuñó armas para defender al régimen, el que justificó la represión contra los opositores, el que exaltó a la Policía Nacional y sus métodos brutales, ha sido tragado por el mismo aparato represivo al que sirvió con fervor.

Hace menos de un año, en junio de 2023, Báez se burlaba de los presos políticos con un post en Facebook: “No es por ser bizarro, sin embargo, qué súper la atención que siempre me dan en este lugar llamado El Chipote Resort Inn (…). Nuestra institución policial, además de garantizar la seguridad ciudadana, nos garantiza una buena atención a los ciudadanos nicaragüenses de bien…”

Hoy, es probable que sea él quien esté disfrutando de la “hospitalidad” del Chipote. Y en su encierro, si es que efectivamente se encuentra allí, habrá tenido tiempo para entender que su lealtad al régimen no le sirvió de nada.

Un funeral de rostros amargos

Las imágenes del velorio y el entierro de Gladys Báez muestran otra realidad incómoda. Entre las banderas, las medallas y los discursos de elogio, hay miradas duras, gestos de amargura, rostros tensos entre los familiares. No es el dolor común de una pérdida; es el rastro de la impotencia, de saber que están atrapados en un guion del que no pueden salir, en una puesta en escena donde hasta su luto ha sido secuestrado por el partido.

Si Camilo Báez fuera un disidente, si hubiera caído en desgracia por desafiar al régimen, su ausencia se entendería dentro del patrón de persecución y represión del sandinismo. Pero no es así. Báez era uno de los suyos. Y sin embargo, su pecado —cualquiera que haya sido— ha sido castigado con la ferocidad que el régimen reserva para los traidores.

Su desaparición nos dice mucho más de lo que parece. Nos recuerda que en Nicaragua no hay lealtad que garantice inmunidad. Que en la lógica del sandinismo, nadie está a salvo. Que la dictadura se alimenta de sus propios hijos cuando ya no les son útiles o cuando su presencia se vuelve incómoda.

¿Quién será el próximo en la lista?

Camilo Báez es solo otro nombre en la larga lista de los que un día fueron parte del sistema y al siguiente fueron devorados por él. La pregunta no es por qué le hicieron esto a él, sino a cuántos más les espera el mismo destino. La historia ha demostrado que en los regímenes autoritarios, la línea entre verdugo y víctima es peligrosamente delgada.

Hoy, mientras la dictadura entierra a Gladys Báez con honores y guarda silencio sobre su hijo desaparecido, queda claro que en Nicaragua nadie, ni siquiera los más fieles, puede dormir tranquilo. Porque en un sistema basado en la traición y el miedo, nadie está a salvo del próximo ajuste de cuentas.

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