Autonomía Indígena vs. Neoautoritarismo: El poder que oprime desde adentro

En los discursos oficiales de Nicaragua, la autonomía regional se presenta como un gesto generoso del Estado. Se afirma que la Ley 28 fue una respuesta a las “necesidades” de las comunidades de la Costa Caribe, como si esta legislación fuera una concesión benévola y no el resultado de luchas históricas, colectivas y dolorosas.
Desde la memoria de los pueblos indígenas de la Muskitia, la autonomía no es una dádiva, sino el eco de generaciones que resistieron y aún resistimos por sobrevivir en medio de un sistema que busca consumir todo lo que no se apega a la idea nacionalista. No es posible hablar de este derecho sin recordar hechos como la Navidad Roja, una masacre silenciada en la que más de 60 personas indígenas fueron asesinadas por las mismas estructuras que hoy pretenden ser garantes de nuestros derechos. Este acontecimiento, aún no se reconoce en lo oficial, por el contrario, es una memoria que el Estado intenta borrar, junto con las voces que piensan y resisten desde otras cosmovisiones.
Incluso en la publicación digital de la Ley de Autonomía, el relato estatal es claro: en la consideración número II afirma “Que la identidad multiétnica del pueblo nicaragüense está firmemente inspirada en las hazañas de héroes Indo-americanos como Diriangén, Cuauhtémoc, Caupolicán y Túpac Amaru que nunca claudicaron y en la gesta de Augusto C. Sandino quien sembró de esperanzas y determinación a los indígenas del Río Coco con sus cooperativas agrícolas y mineras”. Esto construye un relato de “multietnicidad” a partir de figuras heroicas panamericanas y de políticas partidarias, ignorando deliberadamente referentes históricos propios de los territorios de la Muskitia. Esta omisión no es casual. Es un reflejo de una narrativa colonial que continúa marcando lo legítimo desde la generalización de lo que piensa Nicaragua, excluyendo las memorias locales y los referentes comunitarios de quienes se habla.
Es complejo hablar de autonomía sin continuar haciendo referencia de la violencia histórica y sistémica. Larry Salomon, profesor y jurista indígena Mayangna, en su reflexión A 35 años del establecimiento del régimen de autonomía regional de Nicaragua, señala que, durante la década de 1960, emergieron nuevas expresiones del movimiento indígena en la Muskitia, como ALCARIC y ALPROMISU. Posteriormente, con el triunfo de la Revolución Sandinista, se abrieron oportunidades de diálogo entre el Estado y las comunidades indígenas. Sin embargo, estos acercamientos derivaron en intensos y violentos conflictos armados en los años ochenta. Fue hasta alrededor de 1984 cuando se retomaron las conversaciones entre el gobierno sandinista y diferentes agrupaciones indígenas —entre ellas MISURASATA, MISURA, SUKAWALA, MISATAN y Kisang por la Paz—, quienes con distintas posturas y grados de resistencia contribuyeron a la elaboración de una propuesta legal (O Itsmos, 2022).
Del mismo modo señala que, hablar de autonomía va más allá de las huellas de las guerras, si recorremos algunas partes de la historia, en el tratado Crapton–Webster de 1852, Estados Unidos e Inglaterra reconocieron la autonomía de los pueblos de la Muskitia, también, en el Tratado de Nicaragua de 1860, Gran Bretaña y Nicaragua reconocieron la autonomía de los pueblos de la Muskitia, aunque claro, ninguno de estos actores tomaron en cuenta el consentimiento de quienes conformaban el territorio del que se decidía; sin embargo, luego dicho tratado fue denunciado por Nicaragua, señalándolo como un acto de agresión a la soberanía del país.
No puedo cerrar esta contextualización sin mencionar una demanda histórica, como lo es la anexión forzada de la Muskitia al Estado de Nicaragua, aquello que hoy se conoce como “Reincorporación de la Muskitia” y la división de esta Nación en Honduras y Nicaragua.
Autonomía de facto
Antes de la creación de la autonomía como un reconocimiento estatal, los pueblos originarios de la Muskitia, al igual que en muchas poblaciones originarias del Abya Yala, se regían por autoridades tradicionales, formas de justicia según la concepción, y toma de decisiones comunitarias sin la intervención de los Estados.
En el caso del pueblo miskitu, por ejemplo, las decisiones territoriales se discutían en asambleas comunitarias, figuras que resolvían conflictos, y la relación con los recursos naturales era colectiva. No había propiedad privada sobre la tierra: una pertenencia comunal y una herencia generacional y espiritual, por lo tanto, la autonomía no solo se refiere al autogobierno, sino a una relación profunda con la tierra que incluye el equilibrio con la naturaleza, la protección de la lengua, la cultura, las estructuras tradicionales (como los consejos de ancianos y ancianas, parteras comunitarias, sindicatos, guardianes del bosque y liderazgos territoriales) que regían la decisión colectiva sobre el futuro de la comunidad.
Entonces, ¿por qué fue necesaria una ley si siempre se “reconocieron” dichos derechos?
Aunque en teoría Nicaragua tiene un Estado de Derecho, en la práctica este ha ignorado, violentado o subordinado los sistemas jurídicos y políticos indígenas. La colonización interna, el centralismo, la imposición de autoridades partidarias y el extractivismo han sido algunas de las formas de negación de esa autonomía histórica, sumado a las narrativas racistas que promueven la exclusión y estereotipos.
La exigencia de una Ley de Autonomía, entonces, surge no para pedir permiso al Estado, sino para obligarlo a reconocer jurídicamente una realidad preexistente y garantizar el derecho colectivo a decidir sobre el propio destino, conforme a estándares internacionales como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.
Además, después de la violencia de los años ochenta —cuando el Estado pretendió imponer proyectos revolucionarios sin el consentimiento de los pueblos indígenas—, la ley se convirtió en un instrumento de protección frente a futuras imposiciones, incluyendo el derecho al territorio, a la lengua, a la educación intercultural y al uso de los recursos naturales o al menos eso se pretendía hasta que algunos puntos de la Ley de Régimen de Propiedad Comunal quedó estancada en el tema del saneamiento territorial y la Ley 28 con algunos puntos modificables.
Dado que en la línea de incidentes del país notamos algunos patrones autoritarios y la normalización del extractivismo, la ley buscaba tener instrumentos jurídicos para el futuro, sabiendo que el colonialismo hacia los territorios indígenas de Nicaragua probablemente sería un proyecto a largo plazo.
Actualmente, la profecía ancestral de “Li ra wan lulbia (nos van a tirar al río)”, haciendo referencia que un día no íbamos a tener acceso al bosque y viviríamos casi a orillas de los ríos, se ha ido cumpliendo paso a paso a través de la imposición de estructuras externas de poder que reemplazan las autoridades tradicionales por figuras designadas desde el Estado central. Esta intervención niega la legitimidad de los sistemas propios de organización. Además, el Estado ha promovido la apropiación de tierras y recursos naturales sin consentimiento, el adoctrinamiento político, tratando los territorios indígenas como espacios disponibles para explotar. También impone una visión homogénea de identidad nacional que relega las culturas indígenas, y promueve una falsa inclusión a través de leyes y programas que no nacen de procesos participativos reales. Por último, la represión y la violencia sistémica desde la invasión de grupos armados que asesinan, saquean y desplazan forzadamente a las poblaciones originarias.
El colonialismo como herencia de los conflictos armados
Pero el colonialismo no solo actúa desde fuera. También se ha infiltrado en nuestras propias estructuras, en nuestras formas de ejercer y entender el poder. La guerra dejó heridas visibles e invisibles en los territorios indígenas: jerarquías internas, liderazgos masculinos endiosados e imposibles de cuestionar, figuras salvadoras que surgieron del conflicto armado y que se han mantenido sin relevos. También dejó formas de pensar el liderazgo, el territorio y el conflicto.
En muchos casos, estos liderazgos se han perpetuado sin rendición de cuentas, replicando las lógicas de exclusión que alguna vez combatieron. Así se ha naturalizado un caciquismo moderno que se concentra en el poder en pocas manos.
La guerra dejó más que balas en los territorios indígenas de la Muskitia. Dejó cicatrices profundas en la memoria colectiva, pero también dejó estructuras de poder, jerarquías y pensamientos que, aunque cambiaron de nombre o de color político, siguen reproduciendo las mismas lógicas de exclusión, dominación y silenciamiento. Muchas de estas formas de control ya no vienen solo desde el Estado, sino que se han naturalizado dentro de las propias comunidades, alimentadas por el trauma de la guerra y por el modelo de liderazgo que esa guerra impuso.
Uno de los legados más perversos de figura del “líder salvador” es que ha venido de la mano con un cúmulo de traumas post guerra, donde se le hereda a los hijos una masculinidad violenta y a las niñas la sumisión y el silencio ante las agresiones a sus cuerpos. Esta masculinidad arrastró consigo toda historia de mujeres que estuvieron a la par luchando por el territorio, el abandono paterno como un linaje para futuras guerras y la invasión de los cuerpos de las mujeres.
Claramente este pacto patriarcal ha sido respetado y reforzado por representaciones en la línea de tiempo. Recuerdo hacer un material sobre las mujeres miskitas excombatientes y una de las demandas colectivas fue que en ninguna de las placas que pusieron en el parque de Waspan aparecía una mujer y que muchos de ellos sabiendo que ellas tenían un rol más que en la cocina no parecía incomodarles invisibilizarlas, las mujeres solo fueron reflejadas como la que sufrió la pérdida de un esposo, de un hijo, siempre a la sombra de… y bajo estereotipos que las muestran como las que lloran las pérdidas, sin contar lo profundo que fue el rol de las mujeres en toda esta escalada de violencia.
En estos contextos, las mujeres, infancias, disidencias y personas con discapacidad hemos sido excluidas sistemáticamente de los espacios de decisión, o peor aún, hemos sido instrumentalizadas para dar apariencia de participación, solo aquellas que se “ganen” dicha validación podrán pertenecer.
Y sí, el machismo nos pasa por el cuerpo de distintas maneras, desde ser víctimas a ser victimarios inconscientemente. Alzar nuestras voces denunciando abusos o desigualdades, nos pone en un panorama de estigmas, al aislamiento y a la deslegitimación. Incluso pintarlo como pleito de mujeres o utilizar a otras mujeres para cuidar máscaras cuando nuestros reclamos incomodan un sistema que aún se sostiene en el privilegio masculino y en la autoridad no cuestionada.
¿Por qué el exilio es clave?
Ahora bien, aunque el desplazamiento forzado termina en exilio en la mayoría de los casos, cambiar de territorio no garantiza el cambio de la percepción de liderazgo como el pensamiento de poder vertical, autoritario y patriarcal. El peso de la herencia no se queda en el río, en el bosque, en el viento, en el fuego, se queda en quienes la sostenemos. Nos han impuesto un modelo donde el cuestionar es dividir, traicionar o debilitar la causa, ahora es la lealtad al poder. Y eso se traduce en el miedo a disentir, en silencios forzados, en estrategias de exclusión que castigan a quienes incomodan las dinámicas trabajadas o quienes callan.
Durante la redacción de este artículo, recibí la llamada de una persona indígena que vive en uno de los asentamientos en Costa Rica. En nuestra conversación, me compartió lo siguiente en miskitu: “Hay un proceso, me invitaron a mí a dirigirlo, pero yo no soy tá upla (el líder); como vos hablás de mujeres, es mejor que estés al frente.”
Le respondí: “¿Y por qué no se organiza usted mismo con la gente de la zona, si es usted quien vive ahí? ¿Por qué el miedo a hacer algo, si mientras la gente quiera, bien pueden organizarse?”
Su respuesta fue contundente: “Usted no le tiene miedo a quienes se nombran líderes aquí o allá. Yo tengo más que perder si hago algo que sea visto como una amenaza.”
Mientras lo escuchaba, una pregunta me retumbaba en la mente: ¿Esta es la autonomía por la que hemos luchado?
El exilio, en vez de ser un espacio de reconstrucción política y ética, está siendo visto como una antesala del próximo control. La figura del nuevo “salvador”, ahora víctima y exiliado, empieza a tomar forma en algunos discursos, como si todo este tránsito solo fuera un paso a un retorno donde el poder ya esté reinstalado y distribuido.
Entender el ejercicio de la violencia verbal y no verbal, así como prácticas arraigadas que desde lo exógeno pasaría por alto es un calvario. Desde miradas que indican si puede o no hablar, desde traducciones donde invisibiliza lo que realmente la persona quiere decir, desde no permitir que los medios ingresen a un espacio sin avisarle a fulano o fulana. ¿Les resuena?
Descolonizar nuestros procesos no puede limitarse a exigir derechos frente al Estado. También implica desarmar las estructuras internas que reproducen la opresión. Es un trabajo profundo, incómodo, pero necesario. Significa volver a mirarnos entre nosotros y nosotras, reconocer el daño que hemos heredado y también el que hemos causado, romper los pactos de silencio, y abrir paso a otras voces que históricamente han sido silenciadas. La autonomía por la que se luchó no puede ser una copia de la dominación con otro uniforme. Tiene que ser una práctica viva, horizontal, incluyente, profundamente ética y descolonizadora.
De lo contrario, el nuevo colonialismo ya no vendrá con banderas ni con fusiles. Vendrá con discursos de liberación, con vestimentas de lucha, con las mismas caras de siempre, y con un poder que ya nadie podrá diferenciar de aquel que nos quiso dominar.
Autonomía no, Autonomías
Un colega recientemente dijo en un espacio: “He visto nacer y morir muchas organizaciones, otras donde han muerto de nombre, pero nacido varias con la misma persona al frente, luego con otros nombres de acuerdo con intereses y esto no ayuda a avanzar, porque mientras los patrones se repliquen están condenadas”, mientras lo decía pensé “¿estamos condenados a repetir la historia?, ¿quiero autonomía o autonomías?”
Es sumamente complejo desmantelar un sistema que se ha replicado por generaciones, sin embargo, hay que apuntar a la reconstrucción de la autonomía colectiva desde la individual, descentralizar el poder de estas figuras, reconocer que no es solo “La Autonomía” sino las autonomías, esas que surgen desde el ser individual y pleno que desde su interseccionalidad puede expresarse sin aprobación de un o una representante que le diga qué decir, desde temas puestos sobre la mesa sin temor a la exclusión o revictimización e incluso pensar en un retorno seguro para quienes cuestionamos no solo al sistema, sino a una misma y a su pueblo mismo.
Reconstruir la autonomía requiere sanar. Y sanar no es olvidar, sino enfrentar con honestidad lo que somos, lo que heredamos y lo que perpetuamos. Significa repensar los liderazgos, descentralizar el poder, y entender que no hay una sola autonomía, sino muchas: personales, territoriales, colectivas. Significa reconocer que cada persona, desde su historia, género, identidad y experiencia, puede construir autonomía sin necesitar aprobación de figuras hegemónicas.
Como joven en exilio, observo con dolor, pero también con esperanza. Siento que el camino hacia una verdadera autonomía pasa por recuperar la memoria de nuestras mayoras, por entender que somos seres independientes que forman un todo, mi voz no es la de todas, mi territorio no es el mismo que el de todas las que lo habitan. Es tiempo de cuestionar hasta nuestras propias sombras, esto incluye las violencias disfrazadas de cultura y no romantizar lo que nos ha hecho daño. Solo así podremos aspirar a una herencia reparadora, a un retorno seguro y a una lucha que no repita los errores del pasado, sino que abra espacio a todas las voces, especialmente a las que siempre han sido incómodas, invisibilizadas y silenciadas, porque la autonomía indígena debe surgir desde la interseccionalidad, porque no todas las personas indígenas tenemos el mismo rostro.

Excelente artículo, sin duda alguna, la autonomía debe ser una prioridad para la restauración del estado de derecho en Nicaragua. Donde los espacios de diálogo serán la clave para escuchar a los pueblos originarios, son reflexiones fundamentales si queremos encontrar un futuro para las etnias que siempre han sido violentadas. Saludos Cordiales.