Rosario Murillo enrostra su extensa prole a Nicaragua en medio de su obsesión por la dinastía familiar

La vocera estatal y codictadora de Nicaragua, Rosario Murillo, utilizó los canales oficiales del gobierno para enrostrar a la nación la extensa lista de su prole familiar.
A través de un pronunciamiento oficial, celebró el nacimiento de un nuevo miembro de su familia Ortega-Murillo, exponiendo detalladamente una lista de 31 nietos y 9 bisnietos que forman parte del círculo dinástico que hoy domina el poder político y económico del país.
El anuncio fue motivado por el nacimiento de Daniel Augusto, hijo de Noé y de Camila Ortega Murillo. Esta última, sexta hija de la pareja presidencial, ejerce como coordinadora de la Comisión Nacional de Economía Creativa y dirige de facto la cartera estatal dedicada a los emprendimientos en el país.
«Compartimos nuestro Agradecimiento a Dios y nuestra Alegría, porque ha nacido, nos ha llegado, ha llegado a nuestra Familia, Daniel Augusto (…), nuestro nieto número 31, Bendición Gloriosa de Dios», dijo Murillo.
Sin embargo, lejos de tratarse de un simple comunicado para compartir una buena nueva, el pronunciamiento podría interpretarse como una muestra de la obsesión de la funcionaria por imponer y normalizar la dinastía de la familia Ortega-Murillo en el imaginario colectivo de los nicaragüenses.
Murillo enumeró uno a uno a sus descendientes, entre los que figuran nombres como Sandino Daniel o Fidel Alberto. «Estamos hablando de una gran familia, gracias a Dios: 31 nietos y más, así como 9 bisnietos», celebró la vocera en el documento oficial.




Los purgados del linaje
La exclusión más evidente en la lista oficial de Rosario Murillo es la de los tres hijos de Zoilamérica Narváez, quienes fueron borrados por completo del conteo de nietos debido a las fracturas del pasado.
Zoilamérica, quien denunció públicamente en 1998 a su padrastro Daniel Ortega por violación y abuso sexual, fue apartada del árbol genealógico por su propia madre.
Esta purga afectiva se extiende ahora a su descendencia, confirmando que la lealtad política está por encima de los vínculos de sangre en el círculo de poder.
Otras de las ausencias en el escrito son dos de sus nietas, hijas de Rafael Ortega Murillo y Yadira Leets. Ambas jóvenes salieron del radar oficial tras marcharse a Estados Unidos junto a su madre.
Con esta omisión, Murillo evidencia cómo las diferencias internas y el distanciamiento del modelo dinástico terminan en castigos de invisibilización pública.
Al contabilizar estas rupturas familiares provocadas por la política, los nietos reales de Rosario Murillo ascenderían en realidad a 36 y no a los 31 que celebra la propaganda.
Con este desglose, el número real de la dinastía instalada en las estructuras de poder de Nicaragua asciende a 57 integrantes, sumando a la pareja, sus 10 hijos y la totalidad de sus nietos; una cifra que la vocera estatal prefiere recortar y moldear bajo el rasero de la sumisión política.
El cinismo de Murillo
Esta ostentación de su árbol genealógico contrasta con el violento discurso que la propia Murillo mantuvo durante los últimos tres días en sus alocuciones diarias a través de los medios oficialistas.
Murillo dedicó sus espacios de propaganda previos a lanzar duros ataques, ofensas e insultos directos contra los opositores políticos en el exilio y miembros de la Iglesia católica, a quienes calificó de «traidores» y «demonios con sotana».
Para la ciudadanía nicaragüense, que enfrenta una severa crisis económica y la desintegración de miles de hogares debido a la migración forzada, la exhibición del crecimiento de la familia gobernante es una muestra del cinismo oficial ante el sufrimiento y el desarraigo de la población.
Mientras las familias comunes se separan, el régimen de Managua exhibe a su descendencia como los herederos legítimos de una Nicaragua bajo su control.

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