El 30 de mayo dejó de ser motivo de celebración y pasó a ser un día gris en Nicaragua

El 30 de mayo, que durante décadas fue motivo de alegría y reconocimiento para las madres nicaragüenses, se convirtió en una fecha gris, cargada de dolor y memoria. La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ensangrentó el Día de las Madres en 2018, transformándolo para siempre en una jornada de luto nacional. Lo que debía ser un homenaje a las madres se tiñó con la sangre de sus hijos.
Esa tarde, hace siete años, alrededor de las tres de la tarde; miles de personas se congregaron en la rotonda Jean Paul Genie, en la carretera a Masaya, respondiendo al llamado a una movilización pacífica conocida como «la madre de todas las marchas». La cita era para acompañar a las madres que ya habían perdido a sus hijos durante las protestas iniciadas en abril de 2018, cuando la represión estatal comenzó a cobrar vidas.
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La marcha, llena de banderas azul y blanco, avanzó por la carretera hacia Metrocentro, mientras los asistentes coreaban consignas, portaban pancartas y entonaban el himno nacional. Sin embargo, cuando la movilización llegó a la altura del Casino Pharaohs, motorizados armados aparecieron y comenzaron a disparar contra los manifestantes. A pesar del pánico y la violencia, la multitud no se detuvo. La marcha siguió adelante, con el miedo y la indignación creciendo a cada paso.
Al llegar a Metrocentro, el asedio se intensificó. Los francotiradores, apostados en las instalaciones del recién inaugurado Estadio Nacional Dennis Martínez y en edificios cercanos a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), comenzaron a disparar a matar. Las balas alcanzaron principalmente a los jóvenes que iban a la vanguardia, muchos de ellos armados únicamente con morteros y armas artesanales, conocidas como «hechizas». Estas armas artesanales eran elaboradas con tubos metálicos, un gatillo improvisado y un sistema rudimentario que sí permitía lanzar proyectiles a corto alcance, en un intento desesperado por defenderse.

El caos se apoderó de la avenida universitaria. La gente corría desesperada buscando refugio. Muchas madres, algunas con niños pequeños, lograron resguardarse en los predios de la Universidad Centroamericana (UCA), que abrió sus puertas para protegerlos del horror. La represión duró alrededor de dos horas. Los disparos resonaban por toda la zona mientras paramilitares y policías atacaban incluso con armas de alto calibre y con fusiles de francotiradores. La resistencia de los manifestantes, armados apenas con estos morteros y trabucos hechizos, fue heroica, pero completamente desigual frente a la potencia de fuego del régimen.
En el resto del país, el escenario fue igualmente violento. En ciudades como Estelí, Chinandega y Masaya, las movilizaciones pacíficas también fueron atacadas. En total, al menos 19 personas murieron ese día: ocho en Managua, siete en Estelí, tres en Chinandega y una en Masaya.
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En Managua, el menor Orlando Daniel Aguirre Córdoba, de 15 años, fue asesinado de un disparo en el tórax mientras marchaba junto a su madre. Era un joven amante del fútbol y la música, que participaba en su iglesia. Jonathan Eduardo Morazán Meza, de 21 años, estudiante de diseño gráfico y miembro activo de su comunidad religiosa, recibió un disparo en la cabeza durante la movilización y murió el 1 de junio, dos días después de la masacre.
Maycol Cipriano González Hernández, de edad no precisada, obrero de la construcción y estudiante de inglés, también cayó bajo las balas esa tarde. Francisco Reyes Zapata, de 34 años, murió mientras marchaba en solidaridad con las madres de los asesinados. Kevin Antonio Coffin Reyes, de 23 años, medallista de oro en los Juegos Centroamericanos de 2017, fue asesinado por un disparo en la cabeza.
Daniel Josías Reyes Rivera, de edad no especificada, fue herido durante la marcha y falleció posteriormente en un hospital. Tony Merlo, también de edad no precisada, fue asesinado durante la represión. En Managua se reportó además la muerte de una persona cuya identidad no ha sido confirmada hasta ahora.

En Estelí, Cruz Alberto Obregón fue asesinado a tiros durante la marcha. Dariel Steven Gutiérrez murió por impactos de bala mientras apoyaba la movilización. Dodamin Jared Castilblanco Blandón, otro joven esteliano, también fue alcanzado por disparos. Darwin Alexander Salcedo Vílchez cayó bajo las balas, igual que Jairo Antonio Osorio, Mauricio Ramón López y José Manuel Quintero, todos ellos jóvenes que salieron a las calles exigiendo justicia y libertad.
En Chinandega, Juan Alejandro Zamora fue asesinado por un disparo en la cabeza durante la represión; murió posteriormente. Sin embargo, en esta ciudad se reportaron tres muertos, pero hasta la fecha solo uno ha sido identificado con certeza. En Masaya también se reportó la muerte de una persona, pero su identidad no ha sido confirmada.
Hasta esa fecha, el número de asesinados desde el inicio de las protestas en abril rondaba los 90. La masacre del 30 de mayo elevó la cifra a más de 100. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) calificaron estos hechos como crímenes de lesa humanidad.

Desde entonces, el Día de las Madres dejó de ser motivo de celebración para muchas familias. Se transformó en un día de duelo y memoria. Las madres agrupadas en la Asociación Madres de Abril (AMA) se han convertido en símbolo de resistencia y dignidad, exigiendo justicia y verdad para sus hijos asesinados.
El 30 de mayo ya no se celebra igual en Nicaragua. Ese día quedó marcado como una herida abierta, un recordatorio imborrable del costo humano de la represión. Un día que, de celebración, se convirtió en sinónimo de luto y tristeza.

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