Tres jóvenes asesinados en la Operación Limpieza de Sutiaba, en León, cumplen 7 años en impunidad

El 5 de julio de 2018 amaneció con terror en el barrio indígena de Sutiaba, en la ciudad de León. Era la llamada «Operación Limpieza», ejecutada por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo para retomar el control de una ciudad que, como otras en Nicaragua, se había alzado en resistencia tras la represión de abril. Ese día, paramilitares y policías armados hasta los dientes irrumpieron para desmontar las barricadas. No tuvieron piedad. Entre las víctimas, cayeron tres jóvenes que hoy son recordados por sus familias y por la Asociación Madres de Abril (AMA), que dedicó un homenaje en sus redes sociales. Sus nombres son Alex Enrique Machado Vásquez, Danny Ezequiel López Morales y Junior Alexander Rojas.
Fue herido de un disparo, pero apareció en la morgue con nueve impactos de bala
Alex tenía 25 años cuando lo mataron. Sus últimos días los vivió convencido de que Nicaragua merecía ser libre. «No quiero que mis hijos vivan esta situación», le dijo a su madre antes de sumarse con decisión a los tranques, según recoge AMA en la dedicatoria.
Era padre de dos niños pequeños: Alexander Caleb, de cuatro años, y Alex Gamaliel, de diez meses. Su mamá, Luisa Emilia, lo recuerda como un joven popular, alto, fuerte, con el pelo chirizo y una sonrisa inolvidable. Le decían “el burro” por su estatura y corpulencia. Era bromista y querido por todos, rememora la organización de familiares de víctimas de la represión sandinista.
Trabajó durante ocho años como ayudante de albañilería en la Fuerza Naval en Puerto Sandino, pero cuatro meses antes de su muerte renunció. Pasaba sus ratos libres jugando fútbol, naipes o “chileando” en la esquina. Cuando no había trabajo, se dedicaba a hacer reír a quienes lo rodeaban. El día de su asesinato, se hallaba en la barricada de la esquina de El Alacrán, cerca de su casa. «Le dispararon como a cuatro cuadras de la casa y le pegan el primer balazo en el estómago. Estaba vivo cuando lo montaron en la camioneta y en la morgue apareció con nueve balazos: tres en el abdomen, tres en el pecho y tres en la cabeza», relata su hermana Mayling.
Su madre recuerda cómo, antes de que lo mataran, le rogó que se fuera de los tranques: «No mamá, yo quiero mi Nicaragua libre, mis hijos no van a crecer así en esto». Su velorio duró apenas dos horas, bajo el feroz asedio policial. «Cuando te quitan a un hijo, te quitan un tuco de tu alma. Quiero justicia», clama doña Luisa Emilia.
El poeta que pedaleó su bicicleta herido, hasta desplomarse
Danny tenía 24 años. Su madre, Ileana del Socorro Morales, dice que soñaba con ver crecer un negocio de destace de cerdos y repartir el trabajo entre sus hermanos. Era un joven de poesía, fútbol y amor por la familia. Tenía un hijo de dos años y estaba decidido a apoyar la resistencia, pese al peligro. «Yo estoy en contra (de la represión) porque no me gustaría que a mi hijo le hicieran algo o tuviera problemas por lo que estaba sucediendo en el país», decía.
Un día antes de ser asesinado, escribió en Facebook: «Hay causas por las que merece la pena morir, pero no por las que merece la pena matar. Nicaragua unida jamás será vencida». El 5 de julio, pese a las súplicas de su madre para que no saliera, Danny tomó su bicicleta y se dirigió a apoyar en las barricadas. Le dispararon por la espalda con un fusil AK-47. Herido, pedaleó hasta desplomarse cerca de su casa. Su hermano intentó auxiliarlo, pero los paramilitares amenazaban a quien se acercara.
Fue trasladado al centro de salud de Sutiaba, donde los médicos, bajo órdenes, se negaron a atenderlo. Murió sin recibir auxilio. Antes de morir, cuentan los vecinos, pidió perdón a su madre y a Dios. «Así le enseñé yo a mis hijos», dice doña Ileana, quien guarda su recuerdo como el de un hijo noble y generoso, un joven que no merecía un final tan cruel.
Se acabaron los frescos para su grupo de fútbol
Junior tenía 21 años y era el menor de su familia. Creció en Sutiaba con su madre, doña Aura Marina, quien fue para él madre y padre. Crió como propia a su sobrina de 12 años, a quien cuidaba como hija. Desde los 16 años trabajaba como ayudante de albañil para aportar en su casa. Le decían “Pío” y era querido por su grupo de amigos, el Escorpión, con quienes jugaba fútbol y compartía su paga comprándoles refrescos. «Me decía: hágame unos frescos, le voy a llevar a mi equipo, a mí me gusta que mi equipo no ande con hambre ni sed», recuerda su madre.
Le gustaba la música reggae y bailar con su mamá. Amaba la playa y soñaba con ayudarla a pagar la escritura de su casa para que nadie la sacara de su vivienda. «No es posible que estén matando a los estudiantes. Nosotros nos estamos sacrificando día a día para que otros vengan sólo a darle en la nuca, yo no estoy de acuerdo en eso, yo siempre voy a apoyarlos», dijo antes de morir.
El 5 de julio, tras el ataque de antimotines y paramilitares encapuchados, Junior agarró un mortero para defender su barrio. Fue alcanzado por un balazo en la cabeza. Su cuerpo apareció en la morgue, sucio y desnudo, entregado a su familia envuelto en un trapo. Su entierro se hizo al día siguiente bajo amenazas y disparos. «Me lo mataron con un balazo en la cabeza junto a Alex Enrique Machado, exactamente en La Esquina del Alacrán», relata doña Aura, quien pide que lo recuerden como un joven noble, alegre y solidario.
Terror en Sutiaba
La masacre de Sutiaba fue parte de la «Operación Limpieza» con la que el régimen de Ortega y Murillo intentó borrar la resistencia popular en todo el país. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), al menos 355 personas fueron asesinadas entre abril y julio de 2018, entre ellas estudiantes, campesinos, mujeres y adolescentes que se manifestaban por un país más justo.

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