Embajadora de la «antidiplomacia» sandinista asiste a una graduación de diplomáticos en Zimbabue

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, conocido por su política de aislamiento y agresión verbal contra la comunidad internacional, envió a su embajadora en Zimbabue, Nadeska Cuthbert, como invitada de honor a una graduación de diplomáticos, en un evento donde se exaltó el valor del diálogo y la cooperación internacional. La ironía de esta participación radica en que Nicaragua, bajo el control de Ortega, ha destruido su política exterior, rompiendo relaciones con gobiernos críticos, abandonando organismos multilaterales, expulsando embajadores y confiscando propiedades diplomáticas.
En el acto, realizado el 28 de febrero, la embajadora nicaragüense pronunció un discurso en el que destacó la importancia de la diplomacia en la resolución de desafíos globales y en la construcción de un mundo basado en el respeto mutuo y la soberanía de las naciones. Sin embargo, la presencia de una representante de un régimen caracterizado por su práctica sistemática de antidiplomacia en un evento que celebra los valores diplomáticos solo deja en evidencia el cinismo y la contradicción de la dictadura sandinista.
Un régimen que destruye la diplomacia
El régimen de Ortega ha convertido a Nicaragua en un Estado paria, aislado de la comunidad internacional debido a su rechazo al escrutinio y su hostilidad hacia cualquier crítica. La diplomacia sandinista no existe: en su lugar, ha impuesto una política exterior basada en el enfrentamiento, el insulto y la ruptura con quienes denuncian su deriva autoritaria.
Uno de los episodios más graves fue la ruptura con Taiwán en diciembre de 2021, cuando Ortega decidió reconocer a la República Popular China como su nuevo socio estratégico. Pero más allá de la decisión diplomática, el régimen ejecutó una acción sin precedentes en el ámbito internacional: confiscó la sede de la embajada taiwanesa en Managua y se la entregó a China, en un acto que fue calificado como un robo descarado y una violación de los principios básicos de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas.

Pero este no ha sido el único caso. En 2022, Nicaragua rompió relaciones con la Organización de Estados Americanos (OEA), abandonando el organismo e incluso confiscando su sede en Managua, a la que calificó como un «centro de la maldad». De manera similar, expulsó del país a representantes de la ONU y sacó a Nicaragua de agencias clave como la FAO, la OIT y la OIM, eliminando cualquier cooperación con organismos multilaterales.
Del insulto al aislamiento
Cada vez que un país o un organismo ha señalado las violaciones a los derechos humanos del régimen de Ortega y Murillo, la respuesta ha sido la agresión verbal y la ruptura de relaciones.
Uno de los ejemplos más notorios fue la crisis con España en 2022, cuando el régimen calificó al gobierno español de «fascista y mentiroso» y de representar a un «imperio decadente», después de que Madrid denunciara el colapso democrático en Nicaragua. Antes de eso, en 2021, Ortega había acusado a España de ser heredera del franquismo y de no tener autoridad moral para hablar de derechos humanos.
En marzo de 2022, el régimen de Daniel Ortega expulsó de Nicaragua al nuncio apostólico Waldemar Stanisław Sommertag, representante de la Santa Sede desde 2018. La decisión, calificada por el Vaticano como «grave e injustificada», marcó un quiebre en las relaciones diplomáticas entre Managua y la Iglesia católica.
El deterioro diplomático con el Vaticano se agravó en 2023, cuando el gobierno de Ortega rompió oficialmente relaciones con la Santa Sede, luego de que el papa Francisco calificara al régimen como una «dictadura grosera» y lo comparara con los regímenes totalitarios del siglo XX. Esta medida no solo profundizó el aislamiento internacional de Nicaragua, sino que también consolidó la persecución contra la Iglesia católica en el país, reflejada en la detención de sacerdotes, la censura de procesiones religiosas y el cierre de medios de comunicación e instituciones eclesiásticas.
En el caso de México, el régimen arremetió contra el embajador Guillermo Zamora en 2022, después de que este publicara en Twitter un mensaje en el que mostraba simpatía hacia el escritor Sergio Ramírez Mercado, quien se encuentra en el exilio tras ser perseguido por la dictadura. La simple mención del novelista bastó para que Rosario Murillo reaccionara con insultos velados, exigiendo «respeto a nuestra soberanía», en su típico discurso beligerante contra cualquier diplomático que se atreva a expresar una opinión independiente.
El régimen también ha lanzado ataques contra Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y varios países latinoamericanos, llamándolos «injerencistas» cada vez que estos condenan su autoritarismo. En la ONU, la representación nicaragüense ha utilizado su tribuna para respaldar a regímenes como Rusia, Irán y Corea del Norte, mientras descalifica a las democracias que critican la represión en el país.
Cinismo
En este contexto de rupturas, insultos y confrontación, la participación de la embajadora nicaragüense en Zimbabue en un acto que celebra la profesionalización de futuros diplomáticos es una muestra clara del cinismo del régimen. Mientras Ortega y Murillo destruyen la diplomacia en su gobierno, su representante en Zimbabue pretende dar lecciones sobre el papel del diálogo en la resolución de conflictos.
Nicaragua, bajo la dictadura sandinista, no solo ha perdido aliados en el escenario internacional, sino que se ha convertido en un ejemplo de lo que significa una dictadura antidiplomática. La participación de su embajadora en la ceremonia de Zimbabue es solo otro intento de aparentar normalidad en un régimen que ha hecho de la confrontación su única estrategia en política exterior.

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