
Miskitus desplazados: del bosque a los barrios precarios de Costa Rica, donde la fe, la música y la comida los mantienen en pieprueba 4
Miskitus desplazados:
del bosque a los barrios precarios de Costa Rica, donde la fe, la música y la comida los mantienen en pie
Arrancados de sus tierras por la violencia de colonos armados, miles de miskitus nicaragüenses han reconstruido su vida en barrios precarios de Costa Rica. Entre casas de zinc en laderas empinadas, mantienen viva su identidad a través de la lengua, la cocina tradicional, la fe morava y la música. Desde bailes al son de «Pulaya, Pulaya» hasta los cantos de Johnny Hall, artista miskitu que convirtió la añoranza en resistencia, la comunidad se aferra a sus raíces para enfrentar la pobreza, la xenofobia y el desarraigo. En medio de la adversidad, la resiliencia florece: nahki kau bapi buisa, «cómo seguimos de pie».


En lo alto de una ladera del barrio Morocha, en el cantón de Alajuelita, en San José, se levantan casas construidas con zinc viejo, puertas y maderas recicladas, montadas sobre tambo: estructuras que, con sus patas de cuartones, se ven como cangrejos firmes que sostienen la armazón. Desde la pendiente parecen criaturas vivas que se encaraman al cerro, desafiando el terreno inclinado y el peso de familias enteras que sobreviven hacinadas en su interior.
Con este tipo de construcciones, los indígenas miskitus intentan emular las casas de las que fueron expulsados por la violencia, allá en la orilla del río Coco o Wangki, en el Caribe nicaragüense. «Así nos sentimos que estamos en nuestras tierras, allá en Puerto Cabezas», dice con pesadumbre Cleny Emiliano Peters, una mujer delgada, tímida y cálida que nos esperó en el parque La Merced, en San José, un sábado al mediodía para llevarnos a su barrio para que pudiéramos hablar con sus vecinas y saber desde adentro lo que viven.
Estas casas tienen apenas tres por cuatro metros, están apiladas en un terreno inclinado y cubierto por monte. Ahí habitan unas 50 familias miskitus que fueron arrancadas de sus tierras en Nicaragua.
Allá, en el Caribe, les arrebataron las parcelas y las milpas. Los colonos armados llegaron con violencia, asesinaron a sus familiares, ocuparon sus territorios y sembraron el terror. La huida hacia Costa Rica fue la única salida.
En San José encontraron refugio, pero tienen que vivir en «precarios», así le dicen a este tipo de asentamientos marginales en este país que los acogió. Es la expresión más seca que usan los ticos para resumir, en una sola palabra y, generalmente, de manera despectiva la crudeza de la marginalidad y la exclusión social que rodea a estos miskitus.
Paradójicamente, el cerro que para las 50 familias miskitus es el asentamiento que desde abajo nombran con desprecio, por la pobreza que se respira ahí, es en realidad un mirador que se ubica como un balcón sobre San José, desde donde, en las noches, se puede ver como postal de lujo, el lucerío y los rascacielos de la capital costarricense.
«Ah, en la noche eso allá (señala hacia el mirador) brilla todo, pero este es mi barrio más bonito… ¡Para qué! Yo no comparo con San José a mi barrio, ja ja ja. Mi barrio yo no comparo con San José. Pobres, humildes, pero estamos felices», dice con una mezcla de emoción, optimismo y picardía Bercilia Diego Alfred, originaria de Waspám, allá casi en la esquina norte del Caribe nicaragüense, de donde se vino hace más de tres años.
«Cómo seguimos de pie»

Ese optimismo de Bercilia cala profundo. En el lenguaje académico los psicólogos y educadores suelen usar un término para referirse a esa capacidad de sobreponerse a la adversidad: resiliencia. La palabra viene de la física y explica la capacidad de un material de volver a su forma natural después de haber sido torcido o golpeado.
Pero en la vida cotidiana de Bercilia, en Morocha, la idea de la resiliencia no se expresa con tecnicismos. Simplemente se vive. Y en miskitu, su lengua original, hay una frase más sencilla: Nahki kau bapi buisa, que en castellano se traduce así: «Cómo seguimos de pie».
Para seguir de pie las cinco colonias de miskitus que hay en Costa Rica y que reúnen a unos tres mil indígenas, según cálculos de distintas organizaciones, se han tenido que sobreponer a cada obstáculo.
Necesitan trabajo y servicios básicos. Por supuesto. También educación, seguridad, alimentos y una casa donde dormir.
Pero los indígenas desplazados lo logran con solidaridad. Ahí mismo, en frente de la casa de Bercilia, un grupo de jóvenes, con pala y picota en manos, empareja el terreno para levantar la vivienda de un recién llegado.
«Nosotros mismos construimos nuestras casas. Esa es parte de la fuerza. Nos traen madera botada, zinc viejo, los traemos y así nosotros construimos nuestra chante», dice Bercilia con un orgullo que hace sentir un aire helado en el corazón.
Entre los vecinos también se enseñan lo que los nuevos no saben. «Si viene un nuevo miskitu hay que explicarle hasta cómo se llaman las herramientas de construcción, porque algunas aquí les dicen de otra forma de como las conocíamos en Nicaragua», dice Osvaldo Ismael Antune.

Los jóvenes miskitus también se encuentran para hacer deportes. En Costa Rica viven la fiebre del fútbol y ellos no se quedan atrás. Desde el mes de mayo, cada domingo, decenas de muchachos de varios territorios del Caribe nicaragüense salen de Pavas, Alajuelita, La Carpio y Desamparados para jugar al balompié.
Viven intensos duelos futboleros, que lejos de rivalizar, les permiten reencontrarse con sus vecinos, hablar su lengua y compartir para alivianar la carga del despojo de su territorio.
Los bailes y sones: «Las miskitus somos pura vida»
En este precario tampoco se tiene que rebuscar mucho para encontrar ambiente de diversión y alegría. La misma tarde que estuvimos en Morocha, mientras intentábamos llegar a lo más alto para tener una imagen de todo el caserío, de una de las viviendas salió bailando una mujer miskitu, recia, morena y con el cabello rojizo.
En el interior de la casa se oía un ronco parlante sonar la música tradicional del Caribe. La canción Pulaya Pulaya, un son que alude a juegos comunitarios y que también invita a bailar. Como intentando contárselo a la cámara que la filmaba, sin parar de mover el cuerpo al son de la canción miskitu, la joven lanzó una frase que sonó tanto a consigna como a amor por sus raíces y su cultura. «Las miskitas somos alegres, somos “pura vida” como dicen en Costa Rica, pero nosotros no somos ticos, somos pura miskitu nicaragüense y somos felices».
La frase conmueve hasta la médula. Oír tanto optimismo en medio de una pobreza que a cualquiera espanta es sin duda una de las evidencias de que la cultura sostiene el espíritu y permite sobrellevar cualquier tragedia.
El bailongo de la muchacha miskitu sigue y los silbidos y aplausos de sus vecinos que le hicieron rueda, terminan por alegrar el asentamiento y más vecinos se asomaban para ver de qué se trataba aquel bullicio.
Cultura que se cocina y se transmite
En los barrios precarios la memoria también se preserva en la cocina. Las mujeres indígenas preparan queque de banano, pan de coco, rondón y wabul, una bebida tradicional. A veces se venden entre ellos, a veces se comparten, siempre se transmiten. Cada receta es una forma de sostener la identidad y también de generar unos pocos ingresos en medio de la carestía que golpea con grosería a este país que les abrió las puertas.
«Nosotros, de costumbre, hacemos wabul, rondón de pescado, gallo pinto con coco, pan de coco y chancho con yuca, vigorón, y frito. Y bebidas, chicha, otras más bebidas que hacemos son de tradición de nosotros, porque hay comidas que no podemos consumir, porque no estamos acostumbrados a la comida de aquí, y entonces nosotros hacemos (lo que cocinamos) en nuestra cultura para poder sentirnos complacidos con la comida», cuenta Maribel Gutiérrez.
Pero lo que más resalta Maribel es la forma como esas recetas conectan a toda la comunidad. «Nosotros compramos, porque si yo hago pan, yo lo ofrezco a mi vecino, digo yo voy a hacer tal día pan, entonces ellos ya encargan, dice tráiganme mil colones, otra dice dos mil, otra dice cuatro mil, así, entonces vendemos, pero un día antes avisamos, y así ellos también hacen. Si va a hacer un wabul, dice voy a hacer tal día, tal vez un domingo, ¿quién quiere?, entonces ya decimos queremos dos, queremos tres».
Entre las bebidas que no faltan en la tradición miskitu está la chicha de maíz, una preparación fermentada que acompaña celebraciones y encuentros comunitarios.
«Nosotros compramos maíz, lo “machacamos”, lo echamos en una cubeta llena de agua con azúcar o con dulce (de rapadura), dejamos tres días y ya está hirviendo, ya pueden venir a probar también ustedes, los invito, ya vamos a hacer… Usted la echa en un galón, se mete al refri, esa es la bebida más rica. Y toda la comunidad se une. Y tomamos eso en Navidad, bailamos aquí abajo. Este es nuestro parque, ahí abajo (señalando un patio pequeño debajo de un árbol). Limpiamos ahí, bailamos. Sacamos nuestro equipo (de sonido), que tenemos ahí. Eso es para los chavalos. Ahí no hay guaro, ahí no hay cerveza, solo chicha y la chicha lo pone alegre (ríe). Pero esta es natural, y engorda también», cuenta Bercilia.
La lengua miskitu y la enseñanza a los niños
Perla Pantin Alvarado vive en Costa Rica desde hace 20 años. Es originaria de la comunidad Auhya Pihni, en Puerto Cabezas. Cuenta que el inicio fue difícil, sobre todo porque no tenía documentos y encontrar trabajo se convirtió en un enorme reto.
Nos recibió en su casa, en Pavas. Se acomoda en un sillón y pregunta con cordialidad si preferimos que responda en miskitu o en español. Cuenta que tiene tres hijos. La mayor nació en Nicaragua y los otros dos en Costa Rica. A todos les enseña a hablar en su lengua materna. En su casa se habla miskitu y se cocina la comida tradicional de su comunidad de la que salió cuando ella era casi una adolescente.
«Desde que nacieron ellos les hemos enseñado que somos miskitus. 100% y orgullosamente miskitus, por que yo soy 100% miskitu, el papá lo mismo, entonces ellos tienen que saber que son miskitus. Nacieron aquí y se criaron aquí, nada más, pero ellos son miskitus, igualmente que nosotros. Nosotros cocinamos comida miskitu aquí, todo tipo de comida, ellos saben y ellos entienden miskitu, mi hija mayor habla miskitu, la bebé me contesta algunas palabras en miskitu… Nosotros hemos enseñado siempre la raíz de nosotros, cómo somos, la comida, y a ellos les encanta. Los fines de semana nosotros cocinamos la comida de nuestra comunidad, ellos saben de dónde son y conocen el lugar de nosotros» en Nicaragua, dice Perla convencida de que su cultura originaria no se terminará por la migración.
Por fortuna, en algunas escuelas donde hay colonias miskitus también han logrado que los niños de estas familias desplazadas tengan educación en su lengua.
«Ellos van a un colegio que ahí les enseñan miskitu, hay una profesora que les enseña a los más chiquitos. Además, ellos vienen con tareas que escogen el idioma de nosotros. A veces les piden hacer comida típica de nosotros entonces yo le hago wabul, lo han llevado y les ha encantado a los maestros, a los estudiantes. De hecho, mi hija también en el colegio técnico al que va hace lo mismo, entonces prácticamente en el colegio también saben cómo somos nosotros entonces ellos piden la comida y aquí la hacemos», cuenta Perla.
La profesora a la que se refiere Perla se llama Liseth Pictan Chacón, una mujer miskitu que desde el año 2015 imparte clases a niños originarios en tres escuelas de Pavas.
«En el año 2015 cuando se empezó el servicio iniciamos como con 15 niños en las tres escuelas donde estoy laborando, pero en los años siguientes se ha aumentado la población de los niños. En este momento trabajamos con una matrícula como de 50 niños entre las tres escuelas», resume la maestra Pictan.
«Este programa lo comenzamos porque notamos que la niñez indígena miskitu venía a Costa Rica y lo único que hablaban era su idioma y dentro de las escuelas era un conflicto, no solo para los niños, sino para los profesores que les impartían las clases, por lo que se reunió a los padres y buscaron una alternativa para reforzar la educación de ellos», cuenta.
Otra forma de resiliencia que las familias miskitus encuentran aquí es la solidaridad y los aprendizajes colectivos para adaptarse al nuevo país, sus leyes y su sistema. La profesora ayuda en ese proceso de adaptación.
«En nuestras comunidades, a veces vemos normal pegarle a los niños como una forma de corrección y en nuestra concepción cultural es algo normal, pero en Costa Rica es un delito muy grave. Entonces yo me paro al frente y les explico, hablo con ellas, el tema de que entiendo que hay muchas dificultades, como mandar a los niños limpios (a la escuela), por ejemplo, cumplir con los códigos, y al mismo tiempo también me paro frente a la escuela a decirle al sistema: discúlpenos. Explicarles nuestra cultura y nuestros desafíos y decirles perdónenos porque nosotros lo hacemos desde una forma de vida diferente y no va a volver a pasar, permítanme con paciencia y poco a poco ir acompañando a los padres de familia, incluso con el mismo PANI también he tenido que ir al frente de ellos a hablar y explicarles cómo es la situación en la que vivimos, pero también les digo a los padres que una vez les puedo acompañar y apoyar pero que no lo pueden seguir haciendo porque después van a venir las consecuencias».
Fe en comunidad

En Lomas del Río, hay al menos cuatro congregaciones de la Iglesia Morava. En una conferencia realizada un domingo de julio, los miskitus se reúnen, preparan sus comidas tradicionales, cantan y comparten historias de su vida comunitaria. A este culto religioso asisten unas 50 personas vestidas con sus mejores trajes.
Los hombres llevan camisas de manga larga, saco y corbata, mientras que las mujeres lucen vestidos elegantes, semejantes a vestidos de gala. El verde, uno de los colores simbólicos de la Iglesia Morava, resalta en sus prendas como un recordatorio visible de identidad y pertenencia. Cada detalle —el brillo de las telas, los bordados, los pañuelos cuidadosamente combinados— habla de la dignidad que se resisten a perder en el exilio.
Desde el púlpito, los cantos se elevan con fuerza, acompañados por músicos de la misma comunidad. El ritmo de los himnos, entonado en coro, llena el ambiente de solemnidad y alegría, como si la fe se tradujera en un abrazo colectivo.
La ceremonia no termina en el culto. Afuera, el olor de la cocina caribeña anuncia otro momento de comunión. Las familias aportan una cuota para preparar juntos un almuerzo. Un pollo caribeño sazonado con hierbas, especias y leche de coco se sirve en una larga mesa donde todos comparten por igual.
Estos encuentros dominicales de la Iglesia Morava son un refugio emocional y cultural. Allí, los miskitus desplazados en Costa Rica reconstruyen el sentido de comunidad que la violencia y el desarraigo quisieron arrebatarles, y encuentran en la fe una manera de seguir en pie.
Johnny Hall: la voz de un pueblo
Entre las historias de resiliencia, destaca la de Johnny Hall, artista y gestor cultural miskitu que migró a Costa Rica en los años 80. Nació en Sheran, Sandy Bay, en la desembocadura del río Matagalpa. Creció con sus familiares tras la muerte de su padre y el abandono de su madre. De esa infancia dura conserva la memoria de su tierra y el deseo de expresarla en canciones.
«Aquí no hay río para pescar ni monte para cazar. Aquí si no trabajás, no comés», dice. Pero la pobreza material no es lo que más lo golpea, sino la soledad. «En mi tierra, si alguien se enfermaba, todos ayudaban. Aquí cada quien lucha por su subsistencia».
Johnny Hall convirtió esa añoranza en música. Con su guitarra o su tram tram, como le llama en miskitu, canta sobre la pesca, el monte, los juegos y la memoria de su pueblo. En una de sus melodías, evoca el llanto de la selva por sus hijos desplazados: «…dónde están los hijos que cuido», entona con voz triste, para luego advertir en un canto firme: «los hombres no tienen conciencia que los bosques vienen dañando».
Johny nos acompañó al asentamiento Huevitos y en una reunión improvisada con sus hermanas indígenas tomó su tram tram y empezó a cantar en su lengua. Sin entender el idioma, con el ritmo y algunas palabras, a cualquiera podría hacer sentir la emoción que esa canción sencilla encierra. Con ayuda y traducción de la periodista Brisa Bucardo, que recorrió con este equipo tres de las cinco colonias miskitas que hay en Costa Rica, logramos entender la música de este artista originario.

«¿Donde están los miskitus? !En La Carpio!
¿Los miskitus dónde están?
Vas a La Carpio y ahí están
Vas a Pavas y ahí están.
Donde vayás, ahí están.
Vas a Lomas y ahí están
Vas por la finca y ahí van pasando.
Van pasando.
Vas a Pavas y ahí van pasando.
Ahí van.
Por favor.
¿Los miskitos dónde están?
En Huevitos están.
Los indígenas están vivos.
Estos indígenas están vivos.
Ahí luchando, luchando.
Comen.
Donde estén.
Y luego hace el coro en español:
¿Dónde están los miskitus?
¿Dónde están los miskitus?
¿Dónde están los miskitus?
En el Huevito…
¿Dónde están los miskitus?
En el Huevito…
¡En donde quiera que estés!
¡Viva miskitu y punto!»
Para este artista popular originario, la música es resistencia y memoria. «Soy la voz de mi pueblo», dice. En cada canción busca rescatar lo que llama «las lágrimas ocultas de los miskitus» y transmitir a los jóvenes el valor de su cultura.
La semilla que no muere

En los precarios, al caer la tarde, las conversaciones en miskitu y mayangna se encienden. Los niños juegan, inventan mundos de selva y ríos, en la misma quebrada donde se bañan y lavan la ropa, que baja desde el cerro en Alajuelita. Las mujeres cargan con la maternidad, el trabajo mal pagado y la responsabilidad de transmitir la lengua. Los hombres luchan por conseguir jornales, y los músicos como Johnny Hall rescatan la memoria en canciones.
La xenofobia, la pobreza y el desarraigo son parte de su día a día, pero también lo son el panâ panâ —la hermandad comunitaria—, la fe, la música, los bailes y la comida que los sostienen.
«Perdimos nuestra tierra, pero no nuestras ganas de vivir», resume Angelita, una mujer de Musawas.
La semilla sigue intacta. Y aunque estén lejos del Wangki y de sus montes, los miskitus desplazados en Costa Rica resisten con lo que mejor saben hacer: vivir en comunidad.


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