Purga de Bayardo Arce: «Es una guerra entre delincuentes»

Una fotografía en blanco y negro, tomada en algún momento de la Revolución Sandinista, captura el instante en el que tres hombres aplauden en total camaradería. En ella, de derecha a izquierda, aparecen Bayardo Arce, Daniel Ortega y Tomás Borge, los tres comandantes del FSLN, unidos por el mismo gesto de aprobación.
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En esa instantánea histórica, parece que el poder dentro de la llamada revolución era infinito. Ahora la misma imagen se ve totalmente distinta. Borge, muerto; Arce, purgado por su viejo compinche y Daniel Ortega, ahora convertido en el nuevo tirano. Sin nadie que le haga sombras. Mandando con puño de hierro y aplastando a quienes para él son «conspiradores», «traidores» y «vendepatria».
Arce fue sacado por la fuerza del grupo de influencia de la nueva dinastía. Está golpeado. Sin cargos, sin poder y sin las prebendas de las que se apropió cuando se hablaban al oido entre «comandantes».
La noticia de la detención de Bayardo Arce ha sacudido a la opinión pública nicaragüense. La caída de uno de los hombres que fue muy cercano al poder ha desatado una ola de reacciones tanto dentro como fuera de Nicaragua y deja en evidencia que el autoritarismo del régimen orteguista ni siquiera perdona a los cercanos.

La Policía Nacional allanó la oficina de Arce en el Reparto El Carmen, a escasos metros de la residencia presidencial, y confiscó documentos, computadoras y otros equipos. Tras el allanamiento, Arce fue puesto bajo arresto domiciliario en su mansión privada en las afueras de Managua. Cayó en desgracia.
¿Purga para consolidar el poder de la familia Orteguista?
Las reacciones a la detención no se hicieron esperar. Enrique Cuadra, excarcelado político y exlíder de una organización universitaria nicaragüense, no dudó en comparar la situación con un proceso religioso. «Ortega canonizó a Chávez y mandó a Bayardo Arce al purgatorio. Parece que en su iglesia revolucionaria, el altar es para los fieles ciegos y el exilio para los que piensan», cuestionó sobre la discrecionalidad en la que actúa la dictadura dinástica.
Por su parte, el economista Enrique Sáenz, aseguró no sentir ninguna sorpresa ante el encarcelamiento, destacando que Arce estaba distanciado del círculo íntimo de Ortega desde hace varios meses. «No se necesitaba ser adivino para saber lo que se le venía a Bayardo Arce. Todo parece indicar que le llegó la hora. Se acabaron los tiempos en que el flamante personaje figuraba como gran asesor y gestor político y económico de la dictadura».
Mientras tanto, Róger Reyes, exprisionero político desterrado en el grupo de los 222, sugirió que la purga de Arce podría ser solo el inicio de una serie de detenciones de personalidades relevantes dentro del sandinismo: «Solo me queda esperar más detenciones de altos perfiles en el Sandinismo, obstáculos de Rosario Murillo. Esto tiene que pasar para llegar a la siguiente etapa».

Uno de los análisis más incisivos fue el de Lesther Alemán, un estudiante nicaragüense desterrado, quien vio la purga como una clara señal del avance del poder familiar: «La purga de Bayardo Arce es parte de la compactación del Estado familiar. Rosario Murillo prepara una nueva dirigencia sin vestigios históricos, que consolide su camino al trono. Todo, con el aval de Ortega: bajar la mano a quien desafíe la sucesión. Comienza».
«No es un preso político»
Otros han hecho hincapié en que este «encarcelamiento» demuestra que hay rivalidad y luchas internas dentro de un régimen autoritario que busca sostenerse en el poder. Edwing Román, sacerdote nicaragüense en el exilio, fue tajante al afirmar que no se puede mirar el caso con la misma indignación que la de un preso político.
«No es un preso político, es una guerra entre delincuentes que nos han destruido el país. Así son las maras, los carteles, las bandas criminales, que por venganza y rivalidades se despojan, se encarcelan y se matan entre ellos», señaló.
Con la salida de Bayardo Arce, la dictadura se quita las máscaras por completo y se presenta abiertamente como lo que siempre ha sido. Un grupo mafioso que gira alrededor de una familia de capos. Así consolidan el poder político de Ortega y su herencia partidaria a su mujer, Rosario Murillo, y sus hijos. El régimen se enfrenta, encarcela y destierra a todo aquel que tenga algún vestigio de oposición, pero también va contra los pares y compañeros de la misma élite que durante años se beneficiaron del régimen, pero que ahora van cayendo, uno a uno, en desgracia.

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