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Conmemoran el séptimo aniversario de la operación limpieza en la UNAN-Managua y el ataque contra la iglesia Divina Misericordia

Este 13 de julio se cumplen siete años del violento operativo ejecutado por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo contra los estudiantes atrincherados en el recinto Rubén Darío de la UNAN-Managua. La jornada, conocida como parte de la denominada “Operación Limpieza”, culminó con el ataque a la iglesia Divina Misericordia de Villa Fontana, … Continuar leyendo
Por Artículo 66 julio 13, 2025
Conmemoran el séptimo aniversario de la operación limpieza en la UNAN-Managua y el ataque contra la iglesia Divina Misericordia. Foto: La Prensa.
Conmemoran el séptimo aniversario de la operación limpieza en la UNAN-Managua y el ataque contra la iglesia Divina Misericordia. Foto: La Prensa.

Este 13 de julio se cumplen siete años del violento operativo ejecutado por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo contra los estudiantes atrincherados en el recinto Rubén Darío de la UNAN-Managua. La jornada, conocida como parte de la denominada “Operación Limpieza”, culminó con el ataque a la iglesia Divina Misericordia de Villa Fontana, donde se habían refugiado decenas de jóvenes, y con el asesinato de dos de ellos: Gerald Vásquez y Francisco Flores.

El Grupo de Reflexión de Excarcelados Políticos (GREX), en un comunicado conmemorativo, recordó los hechos y honró la memoria de los estudiantes asesinados. «Honramos la valentía de estos muchachos y muchachas que lucharon y siguen luchando por una Nicaragua sin dictadura», expresaron. En su pronunciamiento, el grupo también resaltó que la toma de la UNAN no solo fue un acto de protesta por las condiciones represivas dentro del recinto universitario, sino también una manifestación de rechazo contra el régimen orteguista y la exigencia de un país democrático.

Los estudiantes permanecían atrincherados en la universidad desde el 8 de mayo de 2018. En el contexto de aquel abril de rebelión, la UNAN se convirtió en uno de los bastiones de resistencia estudiantil, cercado por barricadas, bajo el constante asedio de motorizados armados, y el uso defensivo de morteros artesanales.

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La mañana del 13 de julio, tras intensas conversaciones entre representantes de la Comisión de Verificación y Paz del diálogo nacional y la dirigencia estudiantil, se alcanzó un acuerdo para entregar pacíficamente las instalaciones y evitar un nuevo derramamiento de sangre. Sin embargo, al filo de la una de la tarde, mientras el acuerdo era conocido por las autoridades, el régimen ordenó un operativo militar para desalojar violentamente el recinto.

Un amplio perímetro fue rodeado por fuerzas combinadas de policías y paramilitares armados con fusiles de guerra. Las ráfagas comenzaron a escucharse desde distintos flancos. Los estudiantes, desarmados y en medio del caos, intentaron replegarse.

Algunos lograron escapar en vehículos particulares, otros corrieron entre los matorrales y callejones vecinos. El principal destino fue la iglesia Divina Misericordia, cuyo párroco, el padre Raúl Zamora, abrió sus puertas como refugio ante la inminente masacre. Hasta ese lugar llegaron más de 100 jóvenes, muchos heridos, deshidratados y aterrorizados.

Al anochecer, la iglesia ya estaba completamente rodeada por paramilitares que disparaban de forma continua. Se cortó la energía eléctrica, el agua, y se bloqueó el acceso a ambulancias. Adentro, los estudiantes se comunicaban con sus familiares, enviaban mensajes de despedida y grababan videos en los que asumían que sería su último día con vida.

Según testigos, en medio de aquel caos, todos asumían que ahí serían asesinados. En la madrugada del 14 de julio, Gerald Vásquez, de 20 años, fue alcanzado por un disparo en la cabeza mientras se encontraba en el parqueo de la iglesia. Murió minutos después, acompañado por sus compañeros, el padre Zamora y el vicario, en la casa cural.

Francisco Flores, de 22 años, conocido como «el Oso», fue encontrado sin vida poco después, abrazando su lanza morteros, también con un balazo en la cabeza. Durante más de 16 horas, el templo fue atacado con armas de guerra. Sobrevivientes relataron que las paredes y vitrales fueron perforados por más de un centenar de disparos.

Solo tras la presión de la jerarquía católica y la mediación del nuncio apostólico, se permitió la entrada de una ambulancia cerca de las 10 de la noche para evacuar a los más graves.

Al amanecer del 14, finalmente, el cardenal Leopoldo Brenes, el nuncio Waldemar Sommertag y otros sacerdotes lograron ingresar con dos buses para evacuar a los jóvenes. El olor a sangre, los impactos de bala en las paredes, y las imágenes destrozadas dentro del templo quedaron como huellas imborrables del horror.

Según GREX, alrededor de 70 jóvenes lograron ser evacuados por esa vía. Otros escaparon por casas vecinas en la oscuridad. Muchos fueron luego perseguidos, capturados, encarcelados o empujados al exilio. Algunos viven hoy en la clandestinidad o en el destierro.

«De lo que estamos seguros», señala el comunicado, «es que ninguno, ni ninguna ha dejado de pensar en la libertad de Nicaragua». El colectivo también reconoció el papel clave del padre Raúl Zamora, a quien llaman «el ángel de los muchachos», por su decisión de abrir la iglesia y arriesgar su vida por los estudiantes. «Si el padre se hubiera negado o atemorizado, todo habría sido mucho peor», asegura uno de los sobrevivientes citado por GREX.

A siete años de aquellos hechos, las heridas permanecen abiertas. Las familias de Gerald Vásquez y Francisco Flores, los sobrevivientes, y los colectivos de excarcelados y exiliados exigen justicia. «Vivan los héroes y heroínas de la toma de este recinto», concluye el comunicado, que llama a no olvidar que lo ocurrido el 13 y 14 de julio de 2018 fue un crimen de lesa humanidad ejecutado con premeditación y saña por parte del régimen de Ortega y Murillo.

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