¿Somos los nicas malagradecidos? Quizá nos cueste aceptarlo, pero veámonos en este espejo

Hace unos días estuve en una reunión con algunas personas, entre ellas un extranjero y varios nicas. En algún momento, el extranjero nos preguntó cómo definíamos a los nicaragüenses. La pregunta, aunque simple, desató una especie de retrato colectivo. Todos los nicas coincidimos en que somos alegres, jodedores, dicharacheros, bailadores, fiesteros. Gente muy apegada a sus raíces, a su tierra, a su cultura, a la música de chicheros, nos encanta bailar cumbia, que vamos a las procesiones y fiestas de los santos patronos del pueblo aunque ni siquiera seamos devotos.
Dijimos que los nicas somos apegados a la familia, profundamente cariñosos. Que no nos imaginamos abandonando a nuestros viejos. Que nuestros abuelos son sagrados. Que si alguien termina en un asilo, es casi una tragedia familiar y cultural. En Nicaragua, aunque emigremos, siempre mandamos dinero para construir nuestra casa en el barrio. Porque, aunque estemos diez años en la construcción o en el comercio en otro país, nunca dejamos de pensar en volver.
También reconocimos que tenemos nuestros claroscuros. Que hay una cultura de irresponsabilidad, sobre todo de muchos hombres. Que hay padres que tienen hijos regados por todos lados y no responden por ellos. Que se consume mucho alcohol, que vivimos el presente con esa filosofía resignada del «mañana quién sabe si amanezco muerto». Y que, a pesar de todo eso, el nica es visto como trabajador, runguero, el que nunca le hace mala cara al trabajo. Así nos ven en Costa Rica, por ejemplo.
Pero hay algo que nadie mencionó ese día, y que yo no había considerado hasta hace poco: ¿somos los nicas malagradecidos?
La pregunta me vino con fuerza tras ver la polémica entre Chico Reyes Rosas —un youtuber nica que fue desterrado por la dictadura— y el youtuber venezolano Oscar Alejandro. Todo se desató por una entrevista que hizo Miguel Mendoza, en la que le preguntó a Chico si Oscar Alejandro lo había ayudado económicamente, tomando en consideración que en gran medida el destierro del nicaragüense ocurrió porque apareció en unos videos que el venezolano produjo durante un viaje a Nicaragua, para cuya producción fue acompañado por Chico.
El youtuber nica respondió sin miramientos que no, que en efectivo no le había dado ni 50 dólares. Y esa respuesta, tan tajante, fue la chispa de una bomba.
Oscar Alejandro reaccionó con un video de 36 minutos. En él detalló cómo sí había ayudado: mostró ristras de mensajes por WhatsApp, lo puso en contacto con su abogado y contador en EE. UU., le gestionó la creación de una empresa para que pudiera monetizar su canal de YouTube, pagó los 850 dólares del trámite y mostró la preocupación que le generó el destierro de su colega. Chico, por su parte, dijo que no sabía que eso costaba, que pensaba que el abogado lo había hecho gratis, «plan brother» y ni siquiera le agradeció por mensaje al otro porque ya había concretado la creación de su empresa.
Y ahí fue donde caí en la cuenta. Porque lo que vi en esa actitud —la de minimizar el gesto, la de no agradecer nada porque no fue plata en la mano— es algo que he visto muchas veces en nuestra cultura. Esa lógica de que si no te dieron billete en efectivo, entonces no te ayudaron. Esa forma de no ver las gestiones, las conexiones, los favores, las llamadas, los contactos que alguien pone al servicio tuyo como un acto de solidaridad.
He escuchado historias parecidas de amigos, de colegas, de empleadores, de trabajadores. Gente que ayudó a otra persona a encontrar trabajo, a conseguir una beca, a resolver un trámite legal, a conectar con una organización… y después, ni un gracias. Como si todo fuera parte del deber. Como si la vida te debiera los favores por default. Como si lo merecieras todo porque sí.
Y es ahí donde me atrevo a decir, con el riesgo de que esto le arda a muchos: sí, creo que los nicas somos malagradecidos.
Nos cuesta reconocer el valor de una ayuda si no es tangible, visible, contante y sonante. Nos incomoda aceptar que alguien hizo algo por nosotros sin tener la obligación. Y peor aún, tendemos a ver esos actos como “nada”, como cosas que se hacen «porque somos amigos», como si la amistad fuera un contrato de servidumbre emocional. Y cuando la otra persona se molesta porque no agradecemos, encima la tachamos de orgullosa.
Pero además, me he acordado que entre nicas también es muy frecuente oír aquella expresión: «Le hice 99 favores, pero al final me pidió algo, y le dije que no. Era el favor número 100, pero andá preguntale: Dice pestes, y nunca le he hecho ni un solo favor».
Lo de Chico Rosas y Oscar Alejandro es solo un reflejo. Nos ha puesto frente al espejo. En esa imagen nos estamos viendo y como es lógico a muchos no les gusta lo que ven, y volverán a negarlo, pero ahí están retratados. De frente. El espejo no miente.
Sí, somos buena gente, alegres, solidarios, parranderos, bromistas, muy de pueblo, muy de raíces. Pero también somos a veces ingratos. Y lo digo como nica orgulloso de su país y su cultura, pero también consciente de lo que veo e incluso de que más de una vez he sido artífice de ese comportamiento.

Alvaro y sus desaciertos
No has descubierto nada nuevo, Alvaro Navarro. Mentirosos, matreros , desleales, roban lo que este descuidado, malas pagas, mete cuentos, etcTe quedaste corto. Lee a Pablo Antonio Cuadra.
En la viña del señor hay de todo pero los que son buenas personas son pocos, la mayoría son super mal agradecidos y traicioneros si le das la espalda te clavan el puñal.
Muy acertado su comentario, en estos tiempos donde a través del mass media se busca «normalizar» lo profano y masificar los vicios; la sociedad nicaragüense esta sometida a una alienación nunca antes vista. Se confunde lo alegre con lo ruidoso, lo dicharachero con la vulgaridad; el valor con la temeridad. No existe una formación de valores para vida y el trabajo que ayude a esta generación excepto si se le inculca dentro de la familia.