Expulsión del embajador español demuestra el «pánico político» del régimen Ortega-Murillo

La expulsión del embajador de España en Nicaragua, Sergio Farré Salvá, es una reacción política marcada por el temor del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo a la observación internacional y no una decisión diplomática ordinaria, aseguró Alex Aguirre, director del Instituto para la Paz y el Desarrollo (Ipades), en declaraciones a Artículo 66.
«Esto no es una diplomacia normal. Esto es pánico político puro y duro. Expulsar un embajador que llevaba apenas semanas en el país no es una decisión soberana, es una reacción a la defensiva de parte de la dictadura que ya no tolera ningún tipo de testigo», afirmó Aguirre.
El analista subrayó que Farré Salvá no tuvo margen para ejercer funciones diplomáticas. «Sergi Farré no había hecho nada porque no le dieron tiempo de hacer nada», sostuvo, calificando la medida como arbitraria y sin sustento jurídico.
Aguirre explicó que la presencia de España en Nicaragua representaba una amenaza para el régimen debido a su rol dentro de la Unión Europea. «España representa algo peligroso para ellos: observación internacional, coordinación europea, diálogo entre Estados y memoria de violaciones de derechos humanos. Esto no es un incidente diplomático, es miedo», señaló.
Una decisión rectiva
Según el director de Ipades, la decisión fue tomada de manera reactiva y personalista. «La expulsión de Farré no es preventiva, es completamente reactiva, una decisión que viene de Rosario Murillo. Cuando no hay argumentos jurídicos, lo que hay es arbitrariedad y la arbitrariedad es la lengua materna de la dictadura sandinista», afirmó.
Aguirre destacó que el diplomático español llegaba en un momento clave, cuando se incrementaba la presión europea y la articulación con mecanismos internacionales de derechos humanos. «Ortega no quiere embajadores que miren, que escuchen, que reporten; quiere delegados dóciles y silenciosos», dijo.
Sobre la respuesta de España, que expulsó al embajador nicaragüense en Madrid en aplicación del principio de reciprocidad, Aguirre consideró que se trató de un mensaje político claro. «España respondió como lo dicta el manual diplomático, pero también como lo exige la dignidad. No es escalar el conflicto, es poner un límite», afirmó.
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El analista también se refirió a la figura del embajador nicaragüense expulsado, Maurizio Carlo Gelli, a quien describió como un operador clave del régimen en Europa. «No es un embajador común, es un operador europeo del orteguismo y el murillismo. Desde Madrid concentraba múltiples representaciones diplomáticas. Eso no es diplomacia tradicional, es una diplomacia de supervivencia», aseguró.
Aguirre añadió que la expulsión de Gelli «descuadra todo el esquema europeo del régimen» y representa «un golpe directo al corazón diplomático del sandinismo».
Represalia contra el refugio de España
Finalmente, vinculó esta crisis diplomática con el respaldo de España a nicaragüenses desnacionalizados y perseguidos por el régimen.
«España acogió y dio nacionalidad a quienes Ortega quiso borrar. Eso demuestra que el castigo no era definitivo y que el mundo podía reparar ese daño. Esta crisis es también una reacción emocional y política contra un país que protege a las víctimas», afirmó.
A juicio de Aguirre, la expulsión de embajadores refleja la debilidad del régimen. «Las dictaduras no expulsan embajadores cuando son fuertes, lo hacen cuando están acorraladas. No apagaron la atención internacional, lo que hicieron fue encender las alertas en Europa», concluyó.

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